
El amor se nos hace algunas veces inalcanzable porque no sabemos llegar allá dónde empezó.
Por el miedo que produce el dolor de la negación, nos detenemos en el punto de la incomprensión, y dejamos que el corazón sufra, y que los oídos se llenen del silencio pegajoso que produce la soledad.
Al pasar los inviernos, los otoños, y los días que configuran otras primaveras, nos damos cuenta que todo se perdió, que no supimos cogerlo, aunque sí lo estuvimos rozando con la punta de nuestros dedos.
Ahora nos toca llorar, lamentarnos, sufrir la maldita desazón de la angustia.
Me pregunto en qué momento me distraje, para haber perdido la maleta de mis sueños.
Dicen, que cuando las noches tocan su punto más mágico, cuando la realidad deja de ser tal, para postrarse la imaginación a nuestros pies, somos capaces de entregar el alma, mientras el viento se convierte en una caricia que deja el pensamiento en nuestro cuerpo.

